Geometría Sagrada

Artículo #3.2
Realidad toroidal: implosión vs. explosión

®Todos los derechos reservados. Autor del documento: Arturo Ponce de León para Psicogeometría México. Colaboración: Ninón Fregoso.Se autoriza la reproducción del material contenido en este sitio siempre y cuando se cite la fuente y se respete la integridad del texto.

Extracto del libro "El Poder de la Vida en la Geometría Sagrada y la Arquitetura Biológica de Arturo Ponce de León y Ninón Fregoso" Adquierelo aquí

Psicológicamente, el sujeto al que nos referimos es un sujeto concebido como un toroide fractal. Un sujeto único atravesado por la palabra, un sujeto que deviene sujeto cuando es barrado por el lenguaje, un sistema que lo trasciende y lo posee. El lenguaje y sus grafos, las letras, forman y transforman al sujeto. Para su análisis, y sólo para su estudio y comprensión, es necesario visualizar al sujeto como hecho de dos partes: la esencia y la personalidad.

La esencia es, literalmente, la capacidad del código genético de embonar con la fractalidad del universo. El término personalidad proviene del latín personae que significa ‘máscara’. La personalidad tiene la función de “filtrar” los contenidos que han de ser asimilados por la esencia. La personalidad es el límite de nuestro ser y como todo límite sano debe tener las siguientes características: que sea móvil, que pueda cambiar de lugar; que sea flexible, o sea, no rígido, sino que fluya en base a lo que la realidad siempre cambiante demanda, y por último, que sea poroso y por ello filtre lo que es útil para el interior. Un ejemplo de la noción de límite es la piel humana. Nuestra piel sirve como límite del cuerpo celular, pero no es un límite rígido, sino que la piel es elástica, móvil y porosa. Por ejemplo, cuando hacemos ejercicio, los poros de la piel se abren para dejar salir toxinas y materiales fuera del cuerpo, o cuando nos damos un baño con agua caliente y los poros están abiertos, el agua y sus recursos externos nos sirven como nutrientes. El biólogo estadounidense B. Lipton habla de la inteligencia de la célula, enfocando sus mayores capacidades en los receptores que tiene la membrana celular, es decir, en la habilidad de la célula para detectar los nutrientes que son benéficos para ella o los que no.

Un virus buscará entrar al núcleo celular, primero filtrándose por la membrana viendo aquellos registros de frecuencias de onda de la que carezca. Por ello, entre más armónico sea el arreglo de las frecuencias de una célula, más sana la podemos considerar. De la misma forma que la personalidad humana es idealmente un filtro que debe ser capaz de recibir la mayor cantidad de estímulos del exterior, pero sólo interiorizar aquellos estímulos que nutren el ADN. Es en los límites –piel, membrana celular, recubrimiento de órganos o sistemas, etc.– donde encontramos la renovada experiencia de introyectar ordenadamente la realidad externa.

La Psicología, con sus múltiples aproximaciones de estudio, se centra o en el estudio de la personalidad o en el de la esencia. Algunas corrientes psicológicas buscan determinar si el sujeto posee una verdadera o una falsa personalidad: una máscara que le permita al sujeto vivir en sociedad y manifestar ciertos criterios de normatividad o, por el contrario, que su falsa personalidad, su coraza, no le permita vivir socialmente de una manera benéfica para sí y su entorno. La mayoría de las terapias occidentales creadas en el siglo pasado están centradas en el cambio, en la reprogramación y observación de la personalidad mientras que Oriente se ha especializado por miles de años en el desarrollo de las capacidades de la esencia. En la actualidad, esta línea se desdibuja ofreciéndonos un panorama más rico para el estudio tanto de la personalidad como de la esencia del ser humano. En Oriente y Occidente surgen con mayor fuerza y profundidad terapias focalizadas a la comprensión de las capacidades humanas contenidas en el código genético y en el ensanchamiento del rango de percepción sensorial, propio de una personalidad entrenada para expandir la conciencia total del sujeto: una conciencia hacia adentro y hacia afuera, simultáneamente, para crear fractalidad entre la realidad interior y la realidad exterior.

Nuestro rango de percepción sensorial determina el universo en el que vivimos. Nuestros sentidos captan un rango de las ondas del espectro electromagnético. Nuestros ojos, por ejemplo, captan cierto rango de frecuencias que nos permite distinguir los colores; nuestros oídos captan, en el mismo espectro electromagnético, otro rango de ondas. Lo mismo sucede con el tacto o con el olfato. Podemos comprender, así, que nuestros órganos de percepción captan relaciones proporcionales como una fuente de percepción geométrica.

 La realidad como la conocemos podemos observarla en dos manifestaciones muy concretas: la realidad objetiva y la realidad subjetiva. Ambas complementarias en un proceso que va más allá de lo dialéctico en un continuo proceso toroidal. Un proceso donde lo de “adentro” pasa a ser parte de lo de “afuera” y viceversa. En este momento, si observamos a nuestro alrededor, nos podemos dar cuenta de que eso que está “afuera” de uno, de alguno de nuestros cuerpos, mediante un proceso de introyección puede pasar a estar “adentro” de lo que consideramos nuestro yo. En nuestro propio cuerpo celular, la realidad humana más inmediata, ocurren procesos de realidad subjetiva, es decir, un pensamiento no ocurre en abstracto, necesita de un mecanismo físico para suceder.

El mundo psíquico o la realidad interior no es otra cosa sino la realidad subjetiva que ocurre en nuestro cuerpo. Pero si estudiáramos lo que sucede en esa realidad aparentemente subjetiva, nuestras emociones y pensamientos encontraríamos una realidad objetiva muy concreta. Es decir, a cada pensamiento le corresponden enlaces neuronales específicos, cada emoción le corresponden cierta liberación de sustancias químicas, como segregaciones endocrinas o de ciertos neurotransmisores. Visualicémoslo como algo similar a las capas de una cebolla. La diferencia es que entre cada una de las capas, entre la realidad subjetiva y la realidad objetiva, en sus diferentes niveles hay un espacio, un hueco, un vacío.

Ocurre lo mismo hacia afuera del cuerpo, en esa realidad objetiva, el lugar donde se leen estas líneas. Si avanzamos a un siguiente nivel de realidad, encontraríamos que eso tan objetivo se vuelve subjetivo. Conforme ensanchamos el nivel de conciencia podemos hacer de la realidad externa objetiva una realidad subjetiva y “pensar” o “sentir” el universo exterior como si fuéramos nosotros mismos. Bien se dice que nuestro mundo es un “pensamiento” del universo. Cuando el Otro soy Yo, se ha logrado ensanchar el propio rango de percepción y lograr así ensanchar el rango de conciencia.

El ser humano desde su perspectiva psicológica y geométrica lo concebimos como un toroide fractal que puede realizar dos movimientos sobre su propio eje: un movimiento implosivo y otro explosivo. La implosión es un proceso que implica llevar, de afuera hacia adentro, un objeto, succionando, tragando la realidad exterior y llevándola hacia el centro.

La implosión va del caos al orden, de la zona limítrofe al punto cero. Esta parte del movimiento implosivo la podemos visualizar como una trompeta o un cono, por donde discurre el exterior hacia el interior. Es un movimiento asociado a la característica femenina, el Yin en la filosofía taoísta. Crear puntos de implosión es crear puntos de atracción, la implosión cierra, termina un ciclo.

El otro movimiento, inextricablemente ligado a la implosión, es la explosión. El ir de adentro hacia afuera es atribuible a lo masculino, el Yang en el taoísmo. La explosión va del orden hacia el caos, del punto cero hacia la zona limítrofe, buscando abarcarlo todo, vivir toda experiencia. Es un movimiento de apertura hacia lo nuevo, de conquista de nuevos e insospechados territorios. Por supuesto, no puede darse un movimiento sin el otro, ésta es la base de toda relación en el universo. A mayor implosión, mayor explosión. Cualquier forma de onda, esto es, cualquier experiencia humana, recorre el camino toroidal de inicio explosivo y fin implosivo.

El proceso de movimiento toroidal en la vida consiste en implotar la información (in-formación: forma dentro de), las geometrías y sus energías del exterior hacia el interior, y antes de hacer la explosión, irradiarlas en todas las direcciones. Esto es capital cuando vemos el crecimiento de cualquier ser vivo en la Naturaleza. No es una construcción de arriba hacia abajo o de izquierda a derecha como lo podría proponer nuestra lógica simplista, sino que es una irradiación hacia todas direcciones desde un centro, desde el punto cero.

Todos los objetos y sujetos pasan por una serie de estadios, y en el proceso median una serie de conflictos asociados al paso de cada etapa. Ahora bien, cuando el conflicto se resuelve, se pasa a un estadio superior, pero no en el sentido de que está más arriba del anterior, sino que tiene mayor inclusividad armónica de las diferencias con respecto al anterior, es un toroide más amplio, que comprende una realidad mayor.

A esta resolución se le llama síntesis: la tesis y la antítesis se resuelven en la síntesis, que da lugar a una nueva tesis y por ende a una nueva contradicción. Una crisis es una etapa de cambios profundos y en un periodo muy corto de tiempo. La adolescencia, como una etapa de crisis, es el cambio de la niñez a la adultez. En esta etapa de crisis, el espíritu humano busca incorporar nuevos elementos antes contradictorios en una plataforma de vida más amplia. Por ejemplo, varios psicólogos han hablado de etapas de desarrollo psíquico en el ser humano, cada uno propone diferentes edades y conflictos a resolver. S. Freud hablaba de cinco etapas del desarrollo psicosexual –oral, anal, fálica, latencia y genital-, mientras que el médico alemán E. Ericsson propuso varias etapas del desarrollo psicosocial de la persona, diciendo que entre cada etapa, se vive un periodo de crisis donde se decide si la etapa anterior fue incorporada adecuadamente o las ambigüedades inherentes a esa etapa no fueron resueltas, ocasionando rasgos de inmadurez en el sujeto. El biólogo y psicólogo experimental suizo J. Piaget, por otra parte, hablaba de estadios del desarrollo intelectual cognitivo del ser humano y propuso cuatro etapas básicas.

Por lo tanto, el sujeto es la suma fractal de las capas anidadas de todas las etapas de su vida. Aunque haya atravesado físicamente la niñez, la pubertad o la primera adultez, siempre tendrá estos períodos como referente psíquico, como toroides anidados en su propio campo geométrico. Por ello, en Psicogeometría, se puede trabajar con las formas almacenadas en esos campos para reformular la información contenida y brindar nuevas formas que asimilen la contradicción no resuelta.

El proceso de cambio cualitativo en el sujeto surge por la acumulación de inconsistencias cuantitativas. Tanto soportó una persona que la agredieran, que se acumularon sus emociones y rebasaron su zona limite del toroide para convertirse en un cambio cualitativo, por ejemplo, alejarse del agresor. O un pueblo que soporta la miseria y explotación de sus opresores hasta que llega un momento, donde es tal la cantidad de opresión, que deviene un alzamiento social que cambia la forma en la que se vive la relación: deviene un cambio cualitativo.

En la enseñanza básica generalmente se nos mostró un modelo del átomo similar al modelo planetario, donde los electrones giraban en torno al núcleo atómico, formado de protones y neutrones. Sin embargo, las investigaciones del físico estadounidense R. Gauthier sobre el modelo cuántico trasluminal del electrón demuestran que el electrón no gira en elipses en torno al núcleo atómico como generalmente se concibe, sino que se acerca al núcleo atómico haciendo un giro en espiral (¡trazando un toroide!).